Mi primer juguete, un avión de madera, que compraron mis padres en la fábrica Damne (fundada por un alemán de apellido Rotman, ubicada en la carrera 13 entre calles 66 y 67) se convirtió en una marca imborrable: un tatuaje. Le intercambié el colorido avión a un amigo diseñador industrial que colecciona juguetes en madera -al parecer, en dicha profesión se construye una “sana obsesión” por estos objetos y ese material- por el dibujo en mi cuerpo.
Más adelante, llamaron mi atención las figuras de acción coleccionables. Vendidos por separado o en grupo, me gustaron los juguetes que construyen un universo propio, producto (casi siempre) de una serie de televisión, por ejemplo: las Tortugas Ninjas, los Thundercats o unos carros pequeños llamados Micro Machines; aunque tenía especial aprecio por 12 piratas que no tenían muchos movimientos y que llegaron en una sola caja. Sin embargo, completar esas colecciones era imposible, pues cada vez salían más juguetes con distintos atuendos y posiciones nuevas.
De esas figuras de acción coleccionables, recuerdo bastante los jugadores de la selección Colombia de fútbol que fue al mundial USA 94, y como las cabezas eran intercambiables, aproveché a Leonel Álvarez para trasformar a Óscar Córdoba en Rene Higuita. Además, las figuras cuidaban bien los detalles: “El Pibe” Valderrama tenia las medias abajo y las clásicas manillas, otros jugadores sus respectivos bigotes o peinados. Cuando los juguetes fueron reemplazados por los libros, descubrí que el coleccionismo es una clase de “juego instintivo” que ha acompañado al ser humano desde sus inicios, permitiendo la sobrevivencia de la misma especie: hay registros antiguos de conservación y colección de semillas en distintas culturas.  
Entre los “nuevos” juguetes que aparecieron por el camino, está Gramática de la Fantasía, Introducción al Arte de Contar Historias, un libro donde Gianni Rodari señala que la palabra puede ser usada como un juguete para construir historias o pequeños relatos. Rodari propone juegos (donde la palabra es el juguete) para estimular la creatividad y escritura, por ejemplo: el binomio fantástico, el error creativo, equivocar fabulas, ¿Qué pasaría sí?, entre otros. Esta idea: la palabra como juguete, me ha permitido desarrollar talleres y capacitaciones con base en ejercicios planteados por Rodari. Otras historia sobre juguetes:
Otras historias sobre juguetes:

Nunca entendí el estralandia

Trompos: Tan simples y tan complejos

Del cubo mágico al cubo rubik