Escribir sobre juguetes definitivamente mueve fibras sensibles, es inevitable hablar del tema sin recordar la infancia, al igual que hablar de infancia sin aterrizar en recuerdos y de recuerdos sin pasar por nostalgias. Por esto, más que una lectura sobre el juguete, se convierte más en una terapia personal, advertidos quedan… 

Hice la tarea de activar mi escasa memoria e identificar un juguete que me hubiera marcado, algo que fuera realmente significativo; lo primero que vino a la cabeza fue un reloj del tipo transformers que se convertía en avión, era genial. Saber la hora era lo de menos, finalmente cuando eres niño el tiempo es maravillosamente irrelevante, lo increíble era que, gracias a él yo podía alzar vuelo cual superhéroe, los propulsores del avión alzaban mi brazo con impulso nuclear MACH-9, con la mano arriba y el reloj en alto volaba por todo el patio del colegio con la importante misión de comunicar la hora… aunque nadie quisiera saberla, lastimosamente era mi único superpoder.

A pesar de ser mi juguete favorito durante años, realmente el reloj me conectó con otro recuerdo más profundo, así que decidí adentrarme un poco más en el laberinto de la memoria y encontré algo importante, muy importante, se trata de una bolsa de un supermercado muy conocido, el logo rojo de la bolsa quedó impreso en mi memoria. 

El contenido de la bolsa eran un sinfín de fichas plásticas rectangulares de color rojo en forma de ladrillos pequeñitos, también había unas fichas blancas más diminutas, un papel verde, unas puertas y varias ventanas, todas las fichas se podían conectar, fue maravilloso. Realmente se trataba de un Estralandia incompleto que aún nadie sabe cómo llegó a la familia… por ahí dicen que lo ganamos en una rifa, pero la verdad nadie lo recuerda ciertamente.

Lo que si recuerdo es que al ver esos bloques inició mi gusto por las naves espaciales, empecé a construir decenas de versiones del Halcón Milenario, que sobrevivían un par de días antes de ser destruidos en un apasionante combate interestelar. Recuerdo muchas versiones del Halcón, uno con la escotilla de ingreso en forma de garaje, otro con chimenea y algunos hasta tenían ventanas que permitían respirar el aire puro del espacio interestelar… ah bestia.
Fue mucho tiempo después ya entrado en años cuando me enteré de la cruda verdad, con el Estralandia se hacían casas y edificios, que la pista de aterrizaje verde no era una pista, era un techo, que la escotilla era una puerta de garaje y que las ventanas servían para lo mismo que las ventanas de siempre, para sacar alguna mosca que se entró. No les miento que fue un golpe fuerte, lo había hecho todo mal durante la infancia, el problema radicaba en que mi Estralandia venía en una bolsa, sin caja, sin manual de instrucciones y a pesar de ser muy intuitivo pues tenía ladrillos, puertas y ventanas, la consecuencia lógica era hacer casas y edificios, pero en mi caso la lógica me jugó una rara pasada.
Hace poco Industrias Estra, sacó al mercado una nueva versión, no imaginan la felicidad al saberlo, así que un día de “septimazo” encontré una tienda vecina del Museo Nacional, tenían Estralandias en la vitrina, entré emocionado a mirarlos todos y llevarme el mío (el viejo Estralandia se perdió en un trasteo). Al entrar descubrí que solo tenían 2 versiones, pero no importaba, era el Estralandia, luego observé detalladamente la caja, y no sé por qué, ni me pregunten, pero esperaba ver a Han Solo en la portada o al menos Los Guardianes de la Galaxia como para ser más contemporáneos… que iluso, sólo tenía la foto de una casa, ni una nave, ni un viaje interestelar, ni siquiera una pista de aterrizaje decente, fue muy decepcionante. 

Al estar de frente al Estralandia me llegó un pensamiento, fui muy afortunado al no tener esa caja de instrucciones, pues seguramente nunca hubiera podido viajar por el espacio. Tan solo imaginen un mundo sin instrucciones, nunca se sabe que encontrarás si te sales de la caja.

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